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Benito Rodríguez
Vengo de la física, y de ahí me quedé con una manía: desconfiar de las certezas, sobre todo de las que nadie cuestiona.
Esa manía de cuestionar lo que se da por supuesto y no aceptar una conclusión hasta que aguanta que la pongan a prueba la traigo ahora a la inteligencia artificial, en la que me especialicé con un máster orientado al negocio.
Es un terreno donde esa disciplina escasea: sobra entusiasmo y falta examen.
Trabajo en el cruce entre estrategia y gobernanza: dónde tiene sentido aplicar IA, qué riesgos introduce y qué exige el marco legal (el Reglamento Europeo de IA, la ISO/IEC 42001) antes de desplegar nada. Es la parte menos vistosa, y la que decide si un proyecto produce algo y resiste una auditoría.
Casi toda la inversión va a hacer la IA más potente; a hacerla más explicable y más ética, calderilla. Una IA sin ética es pura potencia sin dirección: llega la primera a todas partes, también a las que no debía. La ética va en el diseño, o no va.